28 feb. 2007

Entrevista Dolina en Revista XXII


Alejandro Dolina anda con pocas pulgas, harto de que le pregunten porqué se fue a Radio 10, propiedad de Daniel Hadad (conocida como una radio de fascistas, ideológicamente en las antípodas de El Negro). Pero los periodistas Gonzalo Sánchez y Agustina Rabaini lo fueron a entrevistar a su casa para la revista Veintitrés y perdió los estribos por completo. Quiso boxear a Sánchez, quien no se amilanó y casi termina todo mal. La nota ocupa la tapa que salió ayer y, gracias a un amigo, acá está entera. Es par a guardar y coleccionar. Con o sin razón (el debate puede ser eterno), Dolina intenta explicar que el resto de los medios también son una bosta.
“Si querés lo arreglamos en la calle como hombres.” No es habitual que los reportajes terminen de esta manera. Pero Alejandro Dolina acaba de enojarse y decidió que no se habla más. Está caliente, recaliente, quiere pelear. La actitud descoloca. Es una situación traumática e inesperada. Un embole. Un bajón. La pregunta que terminó de enfurecerlo fue una pregunta mal formulada, dicha de manera coloquial, en medio de la charla, en la que asomó la palabra Dictadura. No fue una acusación ni un hecho inquisidor. Se le preguntó, desde un desconocimiento primario, si había pasado por alguna radio intervenida por los militares, si le provocaba algún tipo de contradicción haber apoyado los deseos electorales de Carlos Ruckauf en el pasado o haberse mudado a Radio 10 para encarar la nueva etapa de su carrera. Entonces estalló. La respuesta fue directa: “Andate a la mierda”. Se paró, se lamentó, invitó a pelear. “Andate al carajo”, agregó. Y dio por terminado el asunto.La entrevista había comenzado cuarenta minutos antes, en el comedor de su casa de Belgrano, y no había empezado bien. A Dolina parece incomodarlo tener que explicarse. Siente que cierto sector del periodismo es el fiscal de sus últimas decisiones y está cansado. Lo remarca todo el tiempo. Dice que lo agota, le molesta, que en los últimos meses sólo le hayan preguntado por el pase de Radio Continental a la Radio 10 de Daniel Hadad. Y putea. Lo que sigue, entonces, es la desgrabación del reportaje que lo hizo explotar.

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–Es el comienzo de una nueva etapa.–Creo que sí. Pero no es un cambio catastrófico. Por empezar hay una modificación en el staff, hay una modificación en nuestros hábitos de tiempo que, en algún caso por casualidad y en otro por cálculo, me parece que le da al programa un contenido más variado, más ágil y más cuidado en lo que se refiere a la estructura de cada bloque. Me voy a explicar: nosotros tenemos que cumplir en nuestro programa horarios más estrictos con los noticieros, es una radio más ordenada. Esto al principio parecía una limitación molesta, pero finalmente causó el siguiente efecto: nosotros estamos conscientes de en qué momento del desarrollo conceptual o humorístico estamos.–¿Esto quiere decir que después de un tiempo largo descubrió algo nuevo, algo que hasta ahora no había experimentado en radio?–No tanto como eso. Estoy haciendo lo de antes.–¿Pero usted cuánto cambió?–Cambié, pero no catastróficamente. Yo no he cambiado por haberme cambiado de radio. Yo he cambiado en estos años.–¿Por qué usa la expresión “catastróficamente”?–Porque hay cambios que son cataclísmicos. Se produce una rajadura en la tierra, de golpe hay destrucción y nueva construcción. Ese es un cambio violento, drástico y decidido. Los cambios que se producen en este programa en general se perciben a lo largo del tiempo. Como casualmente aquí hubo un cambio de emisora que implicó también cierto cambio en el personal, por ahí hay algunas cosas que se notan más.–Justamente, el cambio de emisora es lo puntual aquí porque la mudanza a Radio 10 generó muchos comentarios.–Comentarios del mundo mediático, que parece haberse instalado de golpe en la fiscalía del universo. Los contenidos del programa son los mismos de siempre. Y yo he estado en muchas radios, ninguna de las cuales estaba gerenciada por la madre Teresa de Calcuta. Los empresarios son empresarios. Ustedes mismos trabajan para un empresario. Yo también trabajo para un empresario y eso no quiere decir que yo sea su socio o su compañero de conspiración. Lo único que yo he hecho en todas las radios es buscar una excelencia que no me ha sido gratuita. Yo podría ser mucho más próspero de lo que soy (levanta la voz) si hubiera aceptado cosas que los mismos medios que comentan mi cambio de radio no comentan de otros. Un tipo que ejerce la estupidez durante veinte años, en un medio cualquiera, sigue siendo un estúpido por más que lo haga en un medio políticamente correcto. Yo trato de huir de la estupidez y puedo decir que he estado durante muchos años en distintas radios tratando de hacer lo mejor que mi modestísima dotación puede. ¿Cómo se entiende que cada tipo que venga acá a mi casa me pregunte por Radio Diez? ¿Son todos santos y los de Radio Diez son todos ladrones? ¿Por qué no lo publican directamente en vez de hacer tanto eufemismo? Por qué no dicen: “¿Por qué está usted en una radio de fascistas?”. ¿Por qué no lo dicen? Porque no se atreven a decir en esos medios lo que ellos mismos piensan internamente. Y además le voy a decir una cosa: ¿sabe lo que es el fascismo? Es juzgar a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Entonces cuando un tipo es judío, es negro o pertenece a una clase social que no es la que está en el poder, ese tipo es culpable aunque no haya cometido ningún delito o desliz. Eso es fascismo. Yo estoy trabajando en una radio que lo único que significa para mí es una frecuencia en el dial donde me pueden encontrar. Significa también mejores condiciones de trabajo. No más plata. Mejores condiciones de trabajo que las radios progresistas no me dieron nunca. Aprovecho para decirlo. Y significa también un mayor respeto al público porque salgo por una emisora que se escucha mejor, que recibe al público en un salón que le cuesta 20.000 pesos por mes y lo pagan. Lo pagan por respeto al público. No me la llevo yo esa plata, es un dinero que va destinado a atender mejor a la gente. Las radios progresistas atienden donde pueden tarde y mal.–¿Radio Diez es una radio fascista?–Si fuera una radio fascista yo no estaría allí. En todo caso, ¿qué es una radio fascista? ¿Una radio donde alguno de los conductores es fascista? No lo sé eso.–¿Eduardo Feinmann qué es?–Bueno, yo no lo escucho porque no forma parte, naturalmente, de mis santos. Pero tampoco soy su cómplice. Hablemos, si usted quiere, de otras radios.–Pero en cuanto a la línea ideológica. Radio Diez tiene una línea ideológica, clara, concreta, particular…–Una radio no tiene una línea ideológica, una radio no es un club ni un movimiento conspirativo que presuma una conducta homogénea de quienes participan. El que vende Coca Cola, vende Coca Cola, no es un agente del imperialismo yanqui. En todo caso, si es una radio fascista, allí estaremos nosotros para hacer antifascismo como lo hemos hecho siempre y para defender el pensamiento libre, el pensamiento crítico y la inteligencia. El que dude de eso, que escuche el programa, a ver de lo que hablamos.–¿El público de Radio Diez es un desafío nuevo, diferente?–No nos engañemos. El público es el de Dolina de siempre.–¿Cree que el público de Dolina, en todo caso, acepta el cambio de radio?–Algunos sí y otros no.–¿Y eso cómo le cae?–Me produce una gran perplejidad porque se supone que si, por un lado, son partidarios de la libertad de conciencia y, por otro lado, juzgan que resulta un acto fascista el poner el dial en un número determinado, eso me parece una superstición, por favor. La radio es un acto mecánico, es la selección de una onda. Después, que ellos comercialicen esto de un modo homogéneo está bien, pero no hay ninguna obligación de que yo tenga que compartir el ideario ni de Feinmann ni de ninguna de las personas que están o estaban en Radio Continental, en Radio Mitre, en la Rock & Pop, en ninguno de los otros lugares. Yo no estoy de acuerdo ni con estos tipos ni con ninguno de los otros. Y si yo tuviera que estar en una radio totalmente a mi gusto y adaptada a mi forma de pensar, la verdad es que tendría que comprarme una.–Los periodistas a veces tenemos ese problema. Nunca estamos en concordancia con los dueños de…–Yo tengo la suerte, que no tienen algunos periodistas, de poder hacer lo que me da la gana.–¿Con Hadad cómo se lleva?–Lo conozco a él, lo conocí, lo saludé y es un tipo muy correcto pero yo qué sé lo que hace.–¿Hablaron alguna vez de las diferencias ideológicas que hay entre ustedes?–No, en absoluto. Es más, la reunión que tuve fue muy protocolar. Yo hice mis arreglos con otras personas, no con él. Fue todo muy correcto. ¿Qué me va a decir? “Hágame el favor, defienda a la derecha.” No funcionan así las cosas, muchachos. Funcionan de un modo peor a veces. Hay medios que cacarean progresismo y que en realidad trabajan de un modo distinto y además tienen una conducta empresaria absolutamente canallesca.–¿Su partida de Continental tiene que ver con eso?–Mi partida de Continental tiene que ver con conflictos estrictamente laborales y no ideológicos. Yo nunca tuve ninguna instrucción en ningún aspecto.–De todos modos estas situaciones de estar en terreno escabroso, minado, conflictivo…–Yo creo que es mentira eso, no es un terreno conflictivo. A los medios les resulta interesante que esto parezca conflictivo. ¿Qué raro? Parece que todo el mundo puede cambiar de radio menos yo. ¿Por qué no le hacen la misma pregunta a Rolando Hanglin? ¿Por qué me la hacen diez veces a mí y ninguna a él? ¿Cuál es el asunto? Yo sé cuál es el asunto, pero no se los voy a decir. No quiero contribuir a aquello a lo que me estoy oponiendo.–Está identificado como un referente del libre pensamiento, su público es progresista…–Y lo soy.–¿Usted se define como progresista?–Si tuviera que definirme, lo aceptaría. Contestar esa pregunta es aceptar sus términos. Yo no me defino.–¿Por que no le gusta que lo encasillen?–No, el progresismo parece también, especialmente en la Argentina, un grupo de personas que tienen ideas supuestamente avanzadas en todo aquello que no toque ningún privilegio.–¿Dónde se para ideológicamente entonces?–Donde estuve siempre. Podría definirme como alguien que está cerca de las izquierdas pero también como alguien que comprende que la libertad es un punto que no se debería negociar. Y por lo general, cuando tenemos proyectos colectivos muy fuertes, aparece de algún modo lesionado el individuo. La experiencia, la historia de las izquierdas en estos últimos años obliga a un replanteo. Y yo creo que, como tantos que han creído a veces con cierta ingenuidad en algunos proyectos utópicos, que han creído en el socialismo, que han creído en la Argentina del peronismo, estamos en un momento en el que aquellos sueños no han sido reemplazados por otros. Pero si quieren que les diga en pocas palabras todo esto, les voy a decir que si bien soy un hombre de izquierdas y simpatizo con las causas más populares, me parece que las utopías nos conducen a veces por el rumbo incierto de los tomates. Como dice el pensador barcelonés Jorge Wasenberg, lo mejor son utopías pero que no duren dos mil años sino que puedan irse modificando conforme a las circunstancias históricas varias.–¿Con el kirchnerismo cómo se lleva?–Bastante bien. Aplaudo que hay algunos pobres menos. Que hay alguna firmeza ante ciertas presiones exteriores. Y aplaudo mucho más cuando miro para atrás y observo el universo neoliberal del que salimos.–¿Hay algo que le hace ruido de esta sensación de bonanza poscrisis?–Después de tanto tiempo hay que disfrutar. Son felicidades burguesas. ¿Por qué renunciar a ellas?–¿Usted se aburguesó?–Seguramente, sí. No hay más remedio. Me aburguesé en mis maneras de vivir.–¿Cómo son sus maneras de vivir?–Son estas que ves aquí, muy sencillas. En mi trabajo no me he aburguesado. Por el contrario, en general, buscamos caminos difíciles.–¿Esto de tener que explicarse en esta radio es un camino difícil para usted?–No. Esto no es más que la consecuencia de cierto grado de estupidez mediática.–¿Qué es lo que más felicidad le da en este momento de su vida, en esta etapa?–Yo diría que hay tres puntos: el amor, los afectos de los hijos y la inteligencia.–¿Y el paso del tiempo?–El paso del tiempo es lo que me impide gozar de las tres cosas que le acabo de nombrar.–¿Le molesta?–Me impide disfrutar cada segundo. Cada felicidad que vivimos es irrecuperable. Y más cuando uno llega a una edad en que ha perdido mucho. Que se han muerto algunos. Se han muerto muchos mayores, se han muerto maestros. Evidentemente comienza lo que uno llamaba el sentimiento trágico de la vida, que de todos modos yo lo tengo desde los quince años. No es una cuestión de edad. Pero con la edad, el paso del tiempo se hace patente. A los dieciocho años, uno es inmortal. Alguien tuvo la mala idea de obsesionarme con este asunto y entonces no pude disfrutar de la inmortalidad ni siquiera cuando lo era. Ahora que pasa el tiempo, el temor a la vejez tiene características de inminencia. Sin embargo, me parece a mí que esta finitud que tenemos, esta esclavitud del tiempo, es el precio que debemos pagar por el amor.–¿Teme a la muerte?–Da más miedo la idea de que todos los que amamos se van a morir. Cuando era chico no tenía miedo a morirme yo, tenía miedo de que se muriera mi vieja.–¿Y las mujeres?–Las mujeres bien. Las mujeres son una forma de ilusionarse con la inmortalidad. Hay una edad, un momento de la vida en que uno desaparece como objeto de deseo. Después de ese momento, la vida amorosa que se tiene es de segundo orden. Algunos tienen la suerte de prolongar ese mantenimiento del modo que sea. Por suerte, por casualidad, porque sos flaco. Y por ahí te parece que sos inmortal.–¿Tiene debilidad por las chicas jóvenes?–No. Tengo debilidad por la belleza, y la belleza, en general, es joven. No es que tenga debilidad, sucede así.–¿Siente la exigencia del público? ¿Le preocupa estar a la altura del Dolina que la gente espera?–No, el público más bien quiere que uno siga haciendo las gracias más sencillas y más directas. Es conservador.–¿En las ideas?–Conservadoramente progresista.–Lo llevo a un tema del pasado que salta en el archivo: su apoyo a Ruckauf…–Bueno, eso fue un error. Un error mío. Pero los que me criticaban también se equivocaron. Yo me equivoqué con Ruckauf, pero me parece que mucha más gente se equivocó y mucho más feo con De la Rúa, así que… todos nos equivocamos.–¿Sus ideas entraron muchas veces en contradicción con estas cosas? Digo: Ruckauf, las radios, los medios de comunicación, las radios, en su época, los milicos.–¿A qué se refiere?–A haber hablado alguna vez con Ruckauf, a estar ahora…–Déjense de joder. Yo trabajaba en la revista Humor cuando muchos de ustedes estaban escondidos debajo de la cama. Así que váyanse al carajo. Y qué me querés decir, yo nunca estuve cerca de nada. ¿Qué me querés decir? Fijate bien en los archivos. Por ahí encontrás de dónde vengo.–En Radio El Mundo, cuando todavía estaba manos de la Marina, ¿es probable?–No. Yo no trabajé durante la dictadura. Ese era otro, eh. En la dictadura trabajé pero en Humor, que no estaba intervenida por los militares. Ustedes son muy piolas para preguntar pero resulta que muchos de los tipos que me vienen a preguntar boludeces estaban escondidos debajo de la cama. Así que mi respuesta es váyase al carajo. Yo estoy harto de todo esto. Yo soy un tipo de lo más decente que puede encontrar y que me venga a preguntar si alguna vez estuve hablando con Ruckauf… ¡Dejate de joder! ¿Por qué no preguntás quién soy yo y cuántos amigos me mataron?–No es nuestra intención ofenderlo. Estamos preguntando.–Rechazo la pregunta y mi respuesta es váyase al carajo. Terminamos la nota. ¡Me venís a faltar el respeto! ¿Qué soy yo? Andá a la mierda, loco.–Lamentamos que se pongas así.–Pero cómo querés que me ponga, a mí me venís a decir, a mí que tengo muertos en la familia, me venís a decir: “¿Cómo sintió usted sus contactos con radios intervenidas por los milicos?”.–Sólo se lo estamos preguntando…–Lo estás preguntando mal. ¿Pero cómo no me voy a enojar? Toda la nota ha sido una demostración de fascismo y de intolerancia. A ver: ¿por qué mierda me cambié yo a la Radio diez? ¡Porque se me dio la gana!
Fuente: Revista XXII
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