18 jul. 2006

Entrevista en La Nación Revista.

DOLINA EN LA NACION REVISTA

Alejandro DolinaLa venganza del ángel gris


Su libro lleva más de 200.000 ejemplares vendidos. Hay otro en camino, y un disco con invitados especiales de lujo, una especie de ópera que compuso. La música, las letras y la radio lo fascinan, aunque dice que la mayor parte del tiempo no piensa sino en el amor.



Alejandro Dolina es un hombre alto. Un hombre alto y resucitado. Aparece, simplemente, desde algún rincón del café Tortoni, que a esta altura debe ser como su casa. El bar está repleto de gente. Esperan amasando paciencia entre los dedos, el comienzo del programa La venganza será terrible, que se emite cada noche de 24 a 2 por radio Continental, comandado por Dolina desde el sótano de este bar añoso.
El se acomoda en la biblioteca del café, un lugar pequeño con mesa, algunas sillas, libros. Luces viejas. Dolina extiende sus manos sobre el vidrio de la mesa y reconoce que está pasando por eso que se suele mencionar como un-buen-momento-en-mi- carrera.

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-Creo que nunca me ha ido tan bien como ahora. Pasé años dificilísimos entre el 90 y el 92. En el noventa sufrí un fuerte desengaño en lo personal, y esto estuvo a punto de destruirme como artista. En el 93 empecé a resucitar, merced a un fenómeno inverso.
Sonríe, el hombre resucitado, sabiendo callar lo que prefiere sugerir. Después de dos ciclos televisivos que él mismo considera no del todo buenos, y hasta malos, después de amargos desengaños, la segunda mitad de la década le sonríe con labios de muchacha cálida: un programa de radio exitoso, un disco en preparación, un libro en camino y otro, "Crónicas del Angel Gris" que va por su edición número 27.
-Yo he vendido... he vendido... decir esto es horrible. El libro de Doña Petrona también ha vendido muchísimos ejemplares, y es un mal libro... He vendido unos doscientos mil ejemplares. Pero esto no garantiza nada. Y, por el contrario, instala una fuerte sospecha.
Se ríe fuerte Dolina, cuando se ríe. Pero apretemos el botón de rewind en la cinta del tiempo. Sólo unas pocas décadas atrás. Enfoquemos un pueblo de la pampa húmeda. Un pueblo llamado Morse. Allí, en la provincia de Buenos Aires, a pocos kilómetros de Baigorrita, es donde comienza esta historia, con una mujer embarazada llamada Delfa llegando al pueblo en busca de partera. Pocas casas, calles de tierra. Un parto a las once y media de la mañana, con el sol a todo galope por el cielo. Aquel día, en ese pueblo, nació el hombre que esta noche se sienta en el cafe Tortoni lejos de todo sopor pueblerino, a contar -con algun pudor y con amable cautela- algunas cosas de su vida.
-Mi bisabuelo fue fundador de Baigorrita. Querían que yo naciera allí, de modo que mi madre se trasladó a Baigorrita. Con tan mala suerte que la partera estaba en el pueblo vecino, Morse. De modo que la verdad histórica es que yo he nacido en Morse. Pero yo no he vivido nunca en Morse ni en Baigorrita. Mi familia vivió siempre en Caseros.
Entonces, Baigorrita fue para Dolina el campo en el verano, las vacaciones dulces de una infancia feliz en la pachorra de la siesta, las bicicletas y los cardos y el olor interminable de la pampa. Caseros no. Caseros era otra cosa. Era el sitio donde aprendía a leer a los tres años de la mano de la tía Elma. La casa gigante donde vivía, hijo único, con padres, abuelos, tías solteras y la visita alborotada de los parientes del campo. Y Caseros era, sobre todo, el sitio donde había una biblioteca.
"Mi casa era una casa de personas librescas. Se leía mucho, había muchos libros, y yo primero jugaba con ellos y después me dio por leerlos. Era un chico rodeado de grandes, al que todos le enseñaban cosas. Era una especie de bufón de la corte pero no desdeñaba los juegos. Incluso en el colegio he sido buen alumno, pero también un chico bastante revoltoso, y más amigo de los atorrantes que de los aplicados. En la intimidad de mi casa trataba con libros, pero no bien salía debía dedicarme a otras actividades, porque Caseros era una localidad más generosa en atorrantes que en bibliotecas. Me he criado en un barrio muy difícil, donde la cobardía era la peor de las calamidades, la peor de las acusaciones. Un hombre cobarde ya no tenía lugar allí.
" Entré a la literatura por la puerta nunca menor de las novelas policiales. Devoré a Ellery Queen, todo El Séptimo Círculo y, cuando se terminaron las historias de policías y detectives, ya era demasiado tarde: no podía vivir sin leer.
"Pero mis lecturas, como dice mi amigo Jorge Dorio, se han detenido treinta años atrás. No porque yo haya dejado de leer, sino porque leo muy poco a los autores actuales. Todo libro que uno lee es también un libro que no lee. Nos vamos a morir. Una elección es una renuncia, y por ahora prefiero renunciar a ciertos autores de hoy".
Desde chico tuvo el gusto enredado en la música. Estudió bandoneón, piano, guitarra y hoy es capaz de componer cosas que él mismo no puede tocar, por complicadas.
-Creo que soy un buen cantor -dice- pero dentro de una mediocridad.
-¿Y aun sintiéndose mediocre va a grabar un disco?
-Pero es que si yo esperase el egreso de la mediocridad para hacer algo, estaría condenado al mutismo absoluto. ¿Usted cree que yo me sospecho genial en algún campo?
-¿Usted está seguro de que no se sospecha genial en ningún campo?
-No, es preferible resistir la tentación de sospecharse genial. Uno empieza a escribir peor y a componer peor y a ponerse insoportable. Parece que en el ejercicio del arte conviene adiestrarse mucho, sospecharse uno medio adoquín, y después si uno es genial, ya veremos.

Dolina es también alguien que no descree de la tecnología y que promete remediar en breve su torpeza con las computadoras "porque hay quienes creen que poeta es aquella persona incapaz de arreglar un automóvil o de entender el funciónamiento de un teléfono, así como hay personas que tienen pensamientos profundos sólo porque se acuestan tarde". Alguien que se psicoanalizó tres veces en su vida. Con excelentes resultados.
-Pero no estoy seguro de que haya sido producto del psicoanálisis. A lo mejor era el destino, nomás.
Y es alguien que, cada tanto, se toma vacaciones. Pero no mucho.
-No soy muy amante de las vacaciones, porque al poco tiempo me empiezo a aburrir, tengo la sensación de que estoy perdiendo el tiempo. Amo mucho mi trabajo, disfruto mucho, y qué pueden proporciónarme los hoteles del Caribe más lindo que divertirme con mis amigos cada noche. No hay hotel que dé eso.
Viene de un barrio. Conoce el juego de la bolita, el elástico, las escondidas y los vecinos espantando los mosquitos con ramitas. Pero ahora, esta noche de jueves de la era casi cibernética del año 1996, cualquiera puede darse cuenta de que este hombre alto en las entrañas del café Tortoni ya no es un muchacho de barrio. Ni lo quiere ser.
-Lo he sido. Pero ya no tengo el hábito de jugar al billar ni de tocar timbre para luego darme a la fuga. Yo exagero a veces por demagogia mi costado atorrante. Mire, yo conozco mucho la vida de los barrios y lo que llaman cultura popular. Pero, a esta altura, eso es la cantera para mi programa. Cuando por razones humorísticas yo finjo en la radio ser un señor que sale a la puerta a saludar personas sentado en una silla al revés, no es que yo lo sea. Yo no hago eso. Lo he vivido y lo conozco, no lo aprendí en los libros. Pero ya no soy eso. Sé de dónde vengo, pero no es allí a donde voy. Vengo de Caseros. No voy a Caseros.
-¿Y adónde va?
-No lo sé. Pero el regreso a la ingenuidad no es mi fuerte.
Un tango atraviesa la medianera a cuchillo. Una mujer canta Todo, todo se olvida... Quizás porque Dolina dice a veces fóbal en lugar de fútbol, o insone en lugar de insomne, o porque responde con un virtuoso salga de ái ante cualquier elogio, uno piensa que le gusta caminar por el filo de la navaja. Coquetear con el riesgo inevitable de calzar a la fuerza en una especie de personaje tristón, nostálgico, muchacho de barrio futbolero, gardeliano y peronista. Pero no. Más bien detsta todo eso.
-Me tienen harto los estereotipos. Los estereotipos son una comodidad. No sabe usted cómo me molesta que me llamen para participar en un programa en el que se habla de fútbol. Yo me puedo poner triste durante quince minutos porque perdio Boca. O alegre durante veinte si gana. Pero en una de esas le puedo asegurar que sé más de Octavio Paz que del campeonato actual. En cuanto a la nostalgia, yo no sé vivir mirando para atrás, contrariamente a lo que creen algunas revistas. No soy nostálgico ni melancólico. Me gustan los años en que vivo. Mis tiempos son éstos. Aun cuando ya no están mi padre ni mi madre, ni mi abuelo ni la casa de mi infancia. Elijo estos dolores, estas felicidades. Porque yo creo que soy mejor ahora de lo que fui en otro tiempo. En el programa de radio lo que se expresa no es nostalgia sino el sentimiento trágico de la vida. Yo detesto la muerte, detesto el paso del tiempo, detesto envejecer. Eso genera una tristeza interrumpida por chispazos de felicidad. Eso se podría llamar mi contacto con la melancolía. Pero detesto ser confundido con un nostálgico profesional.
Fue allí, en Caseros, donde comenzó todo. La mutación del chico de barrio en un hombre exasperantemente lúcido. La metamorfosis anunciada de un muchacho más o menos reo en un hombre seriamente desvelado por la tragedia de la vida y de la muerte y del amor. Porque Dolina abriga una intención tremenda. La más noble y la peor, por imposible. Este hombre nacido en Morse, anotado en Baigorrita y criado en Caseros, este escritor y músico, tiene la intención de no morirse nunca. De ser total y definitivamente inmortal.
-Entonces, se va a ir a la muerte pataleando...
-Esté segura, esté segura. Esté segura de que, como dice Sabato, para llevarme a la muerte van a necesitar el auxilio de la fuerza pública.
Protesta contra la muerte en su condición de pobre hombre mortal, de unamunesco personaje que sabe que se va a morir sin remedio. Mientras tanto escribe, se enamora, graba un disco, hace un programa de radio. Se olvida de una obsesión que, a veces, debe embarrarle los días y las horas. Claro que sólo algunos días, sólo algunas horas. Pero aun así, no es poco.

Cuando Dolina nombra el amor le pone la palabra obsesión al lado, pegadita como lapa. Dice que quizás él sea un artista sólo por esa obsesión amorosa que le ocupa gran parte de la vida.
-Estoy pensando más de la mitad de mi tiempo en el amor. Se lo juro. Del amor mío y del amor en general. Las penas de amor son lo que más se parece a la muerte. El desencuentro amoroso, el abandono, es una sensación parecida a morirse. Creo que si hubiera una medalla en una de cuyas caras estuviese la muerte, en la otra no estaría la vida sino el amor. El amor es lo contrario de la muerte. Yo he sido muy feliz y también muy desdichado. Porque ése es el precio. Macedonio decía que a placeres de juguetería corresponden dolores de juguetería, y por el contrario, cuando los dolores son de herrería, entonces los placeres también son de herrería. He tenido grandes felicidades, pero el precio ha sido vivir también grandes tristezas. Lo prefiero así. Lo prefiero así.
-En los noventa dicen que el amor es rápido y dura poco. ¿Usted se acostumbró o cree en los amores definitivos?
-Sí, la praxis indica que efectivamente las relaciones duran poco. Pero yo creo que hay grietas por donde se puede vencer esa fatalidad. Mi idea es que efectivamente los amores duran eso que usted ha dicho. Pero a veces no. Y yo creo que lo que uno debe hacer es creer que todo amor es ése que va a durar siempre. Y es posible que exista el amor definitivo y que valga la pena buscarlo. Y hasta es posible que yo lo haya encontrado. Pero no me pregunte más.
Y adelanta las manos como apartando una tentación. Agacha la cabeza como Don Juan retrocediendo ante la imagen del Convidado de Piedra.
-¿Y no le aterra pensar que cuando elige un amor está descartando todos los otros?
-Sí, claro, eso es una tortura cósmica. No sólo en el ámbito amoroso, sino también en las encrucijadas de la vida. Yo creo que uno quiere vivir todas las vidas, que uno quiere ser todas las personas.
-¿Y eso es condenable?
-No, creo que es una señal divina querer vivir todas las vidas. Y en el amor esto suele ser prosaicamente difícil, porque en un rincón secreto del alma uno quisiera también poseer todos los amores. Los tangos siguen sonando a sus espaldas.



"Es posible que valga la pena buscar el amor definitivo. Hasta es posible que lo haya encontrado. Pero no me preguntes más", dice Alejandro Dolina, un hombre vital y profundamente enamorado de la vida.



Dolina dice siempre la palabra exacta, nunca otra, en ese tono florido que mezcla ciertos anacronismos con ciertas exageraciones y ciertas exactitudes, y termina por provocar un regocijo casi estético. Dice que siempre habló así. Que, de adolescente, con sus compañeros del Nicolás Avellaneda, apostaban a cuántas veces serían capaces de intercalar en la lección el giro rayano en... Dolina, entonces, transitando por una adolescencia más o menos común. Algunas infelicidades, un manojo de complejos. Un adolescente torturado y feliz, como tantos.
-Yo lamento no haber tenido una niñez desgraciada ni una adolescencia llena de problemas, porque esto suele generar buena literatura, pero he sido feliz. Mi papá era un ejecutivo de Plavinil Argentina, un señor de números. Nos llevábamos muy bien, nos queríamos tanto... Me amaba tanto ese hombre... Y además cantaba tangos. Mama era más parecida a mí, me comprendía más. Pero yo no estoy muy seguro de haberla querido más a ella.
Los amores empezaron por la adolescencia, pero más bien tarde. Y es que, entre muchachos grandes y barbados, él era un adolescente pequeño, enjuto. Un pequeño hombre que creció tarde.
-Me di cuenta de que les gustaba a las mujeres más allá de mis merecimientos sólo cuando fui grande. Antes, pensaba que los muchachos morochos, desgarbados y flacos no les gustaban a las chicas. Tenía la idea de que se morían por los señores rubios, peinados para atrás y muy elegantes en su vestir. Un d'a alguien me dijo que no era así, y mi vida cambió. Me sorprendo de mi suerte. Mis compañeras han sido muchachas muy hermosas y muy inteligentes que aparentemente estarían lejos de mis merecimientos.
Terminó el secundario en el Nicolás Avellaneda y, por seguir a sus compañeros, hizo algunos años de Derecho. Trabajó en el correo clasificando cartas, en la compañía telefónica, hasta que en una fiesta un hombre le escuchó un par de retruques ingeniosos y le propuso trabajar en una agencia de publicidad cautiva de Canal 13. Después vinieron los artículos en Satiricón, Mengano, Humor y los programas de radio: Mañanitas nocturnas, con Mario Mactas y Carlos Ulanovsky, y, en 1986, el comienzo de Demasiado tarde para lágrimas, con Adolfo Castelo, un programa que escuchaban estudiantes de arquitectura trasnochados y que terminó siendo pasión de multitudes. Allí surgieron el Maestro Gancé, las sombras chinescas por radio, la filosofía universal ambientada en el barrio de Flores.
-La radio es algo que me ha sucedido. Soy escritor, antes que ninguna otra cosa. Y si bien se mira, estas cosas que aparecen en el programa son más propias de un hombre que ha tenido trato con los libros que de un hombre que ha tenido trato con el mundo del espectáculo.
-¿No se siente dividido entre dos actividades demasiado fuertes?
-Sí, pero lo hago con comodidad. No tengo frustraciones.
-¿Se siente reconocido como escritor?
-No, en ciertos círculos no. Pero curiosamente me reconocen grandes escritores que yo admiro, como Bioy y Sabato. Quizás otros escritores, entre los cuales figuran aquellos que yo no leo, no estén muy anoticiados de mi existencia, y quizás tengan razón. Digamos que en los suplementos literarios y en las avenidas centrales de la literatura, es posible que se me considere como un fenómeno marginal. Pero yo, si para algo me he preparado, es para la literatura. Claro que escribir no es grato. Es grato haber escrito. Uno siente placer mientras canta, pero mientras busca un desenlace o establece una trama, no. Por empezar, no llaman los oyentes, no aplaude nadie y uno siente muchísimo desaliento. Yo siento que me flaquean las fuerzas cada tres frases.
Ha escrito y ha vivido y ha leído. Dicen que, después de haber andado cierto camino, ya no se puede querer sin presentir. Confiar de brazos y corazón abierto. Ilusionarse sin guardar, en algún rincón, una luz de alerta.
-Es evidente que la vida nos dota de algunas destrezas y de cierto cinismo que nos impide la ingenuidad. A veces el trato con la vida y los libros nos genera una serie de presentimientos y nos quita fe poética. Y todo, el amor, la amistad, está teñido de una cierta desconfianza. Pero creo que es el precio que uno debe pagar por lo que algunos llaman astucia.
Sin embargo, a veces la astucia es un escudo endeble que no defiende contra nada. Dolina lo sabe. La astucia no defiende del amor, de la muerte, del paso del tiempo.
-¿Le preocupa la decadencia física?
-Sí, me preocupa. Siendo que estoy obsesionado por el amor, calcule usted que a los 70 años es difícil enamorar personas.
-Pero ¿no dijo que quizás había encontrado el amor definitivo?
-Bueno, al amor definitivo hay que seguir enamorándolo. No se trata de enamorar a una persona de una vez y para siempre y quedarse con la garantía firmada o no de que ese amor va a perdurar. Al amor de la vida le debemos la tarea de enamorarlo cada día. Y yo calculo que a los 70 años me va a ser un poco difícil. Pero haremos lo que podamos.
Si esto fuera una novela debería terminar aquí. Con un hombre que viene de Caseros y se va, pero sin saber demasiado bien adónde.
Leila Guerriero





Dolina y el ciberespacio

La voz de Dolina no suena sorprendida cuando dice "¿Sabe? me encontré en Internet". Sí, señora, sí señor. Cuando navegue por esta red que da vueltas al planeta como una bufanda cibernética, encontrará un archivo con el nombre de Dolina.
"Resulta -cuenta- que vino un señor francés. Me propuso enviar el programa a Internet y yo acepté. El programa va a empezar a salir por la red. Y cuando el tipo me explicaba de qué manera podíamos incluir esto en el catálogo, revisamos y aparece un archivo: Dolina. Buscamos, y ahí estaban volcados 18 cuentos de las Crónicas... y alguna reflexión de radio. Tiene origen en la República Checa, en Alemania, en Canadá. Verificamos que durante las últimas 24 horas habían consultado esos cuentos ciento y pico de personas de todo el mundo, sobre todo de los Estados Unidos, Israel, Japón. Y creo que para meter estos datos no basta con una computadora cualunque. Para meter esos datos esta gente tiene que tener algo que el tipo me explicó que se llama emisor. Y el modo en que está clasificado es rarísimo. Está clasificado como "Literatura argentina", y en la entrada del Canadá dice Diego Gardel Dolina. Lo cual me parece una exageración..."




La radio, una pasión. Dolina está al frente de uno del programa que ha logrado captar más del 70 por ciento de la audiencia nocturna, y reúne 2000 personas todos los viernes, cuando el equipo de "La Venganza será terrible" hace la emisión desde el Teatro Alvear.



Los proyectos y los días

Alejandro Dolina, Elizabeth Vernacci, Atilio Rolón y Guillermo Stronatti en el micrófono. Daniel Narezo y María Laura Franco en la producción. Reducido, compacto y eficiente, es el equipo que hace La venganza sera terrible, de lunes a viernes de 24 a 2 de la mañana por Radio Continental. El programa ha llegado a acaparar el 70 por ciento de la audiencia nocturna. En días normales, con 60 puntos de rating, iguala la audiencia de cualquier programa exitoso de la mañana, con lo que ha subido el porcentaje histórico de audiencia nocturna en la radio. De 200 a 250 personas se reúnen cada noche en el sótano del Café Tortoni para ver un programa de radio, y los viernes, cuando transmiten desde el teatro Alvear, se apiñan 2000 almas para escuchar las reflexiones filosóficas, los pequeños radioteatros musicales, los vituosismos del Sordo Gancé. Los hados le sonríen a Dolina por estos años. Está grabando el disco Lo que costó el amor de Laura. Una especie de ópera, en el que participan Joan Manuel Serrat, Sandro, Julia Zenko, Les Luthiers, Juan Carlos Baglietto, Mercedes Sosa y Silvina Garré, mezclados entre zambas, chacareras, tangos y choros. Editorial Colihue acaba de sacar la edición número 27 de su libro Crónicas del angel gris, que lleva vendidos 200.000 ejemplares. Y, antes de fin de año, Dolina espera terminar otro libro.
-Este libro es más heterodoxo que el primero -cuenta-. Hay desde un cuento largo o novela corta hasta poemas y ensayos. La forma que reviste se parece a la que usa Voltaire para su dicciónario filosófico. Hay entradas, pero estas entradas no consisten en definiciones. Así, por ejemplo, ante la entrada tranvía no se define al tranvía, sino que por ahí se cuenta una historia acerca de un señor que esperaba el tranvía. Sería una especie de pequeña enciclopedia personal. Pero hay además un supuesto editor en disidencia, que cada tanto discrepa con el autor a través de llamadas al pie. Porque el editor desprecia profundamente al autor.

Fuente: La Nación Revista. La Nación On-line

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