16 feb. 2010

Entrevista a Alejandro Dolina en Diario Crítica - Domingo 14 de febrero de 2010

Alejandro dolina pasó a radio Nacional y ya no transmite en vivo desde el Paseo La plaza
“Nuestro libreto no es el diario sino la biblioteca”

La nueva temporada de La venganza será terrible encuentra al conductor, escritor y músico en un nuevo auditorio. Dice que se quedó “sin trabajo” en Radio 10 y aceptó la oferta de la radio estatal, “humilde en sus recursos”.
Leni González


Preferiría ser joven y no viejo. “Los años tampoco ayudan ni dan sabiduría per se: hay muchos viejos que siguen siendo idiotas. El paso del tiempo siempre es una cagada”.
En la escenografía de su casa en Belgrano, el elemento central es el piano de cola, rodeado de estantes repletos de libros. En la otra pared, un hogar de ladrillos a la vista, sobre el que descansan estatuillas, placas y otros premios broncíneos, escoltados de un lado por cientos de cajitas de CD y del otro por la computadora, enfrentada en un duelo inútil con la máquina de escribir Corona, resignada a adornar una mesita ratona custodiada por los sombreros del perchero. La sala se encuadra con sillones de pana gris sobre los que sólo parece arrojarse la luz penumbrosa que entra por las ventanas a la calle.

Antes de entrar a escena, se escucha su voz potente e inconfundible al teléfono desde otra habitación que se funde por un pasillo. No alcanzan esos minutos largos y calurosos para repasar la biblioteca, pero sí para el hallazgo de una única foto en la que, de impecable traje negro, se saluda con un anciano Bioy Casares. Entonces, aparece, saluda, sonríe, nos sentamos piernas cruzadas junto al piano, reflejados en el parquet lustroso, como en un café concert.

“La presencia del auditorio modifica enteramente al programa, al punto de que no creo que sea radio sino una experiencia teatral, un convivio –como diría el crítico Jorge Dubatti–, una relación entre el artista y los que van a verlo en acción. A mí me parece que eso es La venganza será terrible, donde se cumplen más códigos teatrales y musicales que radiales; aún más, y no lo digo con jactancia sino como alguien que ha cometido algún desliz, debo admitir que el programa lo hacemos para los que están presentes; y los oyentes lo reciben como si fuera la transmisión de un recital”, dice Alejandro Dolina, explicando químicas esenciales del ciclo que conduce desde hace más de dos décadas y que esta temporada cambió de emisora: pasó de Radio 10 a Nacional (AM 870), por lo que ya no va desde el Paseo La Plaza, sino desde el auditorio ubicado en Maipú 555, de martes a sábados de 0 a 2 de la madrugada y, como siempre, con entrada libre y gratuita.

“No significa mucho este cambio, ya que ocurrió por razones administrativas: nos quedamos sin trabajo y surgió esta oferta de una radio estatal, humilde en sus recursos pero con una programación con gente que admiro, como Larrea, Dubatti, Halperín y Apo, profesionales que quiero mucho. De todos modos, uno no triunfa en la radio por metonimia, aunque uno tenga un buen vecino si lo de uno no sirve, da lo mismo”, dice Dolina con su arrulladora capacidad para narrar cosas simples. Pero el tono se impregna de sequedad si el camino no le complace. “No me molesta dar explicaciones. No estoy incurriendo en ninguna falta de ética ni en esta oportunidad ni en la otra, cuando me fui de Continental a la 10”, responde.

Además de los cambios de dial, el programa ha pasado por diferentes combinaciones de elenco, desde Adolfo Castelo hasta Guillermo Stronatti, Gabriel Rolón, el Pollo Mactas, Coco Sily, Gillespi y los actuales Patricio Barton, Gabriel Schultz y Jorge Dorio. “Extraño a todos los que pasaron por el programa. El equipo actual es muy bueno y lamento que no haya podido continuar Coco Sily, que le daba un componente actoral y de improvisación que no todos tienen”, afirma sobre el actor que acompaña cada noche por América a Alejandro Fantino en Animales sueltos.

–A veces parece que el disenso entre ustedes es acotado. Los demás tiran centros pero usted siempre define.

–Eso sucede por un respeto natural que mucho agradezco pero no por una convención previa, cada uno dice lo que quiere. No hay permisos, depende del universo de cada uno y las habilidades que maneje. El programa es mío porque el que lo prepara soy yo y ellos llegan doce menos uno y se van dos y uno. No armamos nada previo, tratamos de ayudar el fluir del discurso. Hay programas en que se compite a ver quién sabe más o se desautoriza al otro. Acá no hay competencias, es un diálogo sin pautas establecidas, es pura improvisación de una pequeña obrita de teatro que tiene que quedar lo más redondita posible.

–¿La venganza será terrible admite modificaciones?

–El programa se modifica siempre. No creo que haya otro programa con un campo de pensamiento tan amplio, pero no por nosotros sino porque nuestro libreto no es el diario sino la biblioteca. Y robamos, se nos puede acusar de ladrones, pero no de repetirnos. No soy tan vasto sino que la humanidad lo es y es imposible repetirse. Usamos el talento de los otros y eso es inagotable. No nos tomamos el trabajo de repintar cada año el programa, se llama igual, siempre tiene la misma cortina. Si uno no sabe escuchar, todos los programas son iguales.

–¿En qué medida la presencia del público modifica la emisión?

–El público es decisivo y los lugares también influyen. Donde mejor me siento es cuando hacemos giras, y a su vez, donde mejor me sentí fue en Córdoba: hicimos el programa durante una semana en el teatro Real y me parece que era el tamaño justo. También nos pasó en Rosario, en el anfiteatro Humberto de Nito, cuando estuvimos ante una multitud, unas 12 mil personas al aire libre en una noche de verano; por momentos, alcanzamos cierta profundidad que necesitaba del silencio de la muchedumbre y esa tensión fue una de las mayores alegrías artísticas de mi vida.

Después de Crónicas del Ángel Gris (1988), El libro del fantasma (1999) y Bar del Infierno (2005), Dolina está escribiendo su primera novela, aún sin título, y que Planeta espera publicar este año. “No me siento un autor subvalorado. Creo que los que me subvaloran son los que dicen que la Academia me subvalora. Lo único que pido es que lean lo que escribo, sin prejuicios. Así no siguen creyendo que soy un tipo divertido, melancólico, tanguero, no creo ser eso ni que mis libros digan eso. Yo no soy un tipo de radio que escribe libros aprovechando que tiene aire. Yo escribía mucho antes de la radio. Podrá estar bien o mal pero tiene que ver con la literatura y no con impresiones de un periodista que trabaja en la radio”, aclara.

–Pero, a juzgar por la persistencia de esa creencia sobre usted, ¿no hay, al menos desde la radio, un aliento en la construcción de ese personaje?

–En absoluto. Por lo menos, dos veces por semana nos burlamos de eso, de esos tipos que se encuentran a recordar cuando recordaban. Pensar eso tiene que ver con la comodidad de las personas que no te leen y se quedaron con mis inicios de aficionado y cuando hacía algo que podía parecerse a eso. Yo no soy un muchacho reo, no quiero engañar a nadie, no vengo de los potreros a traer la voz del Gran Buenos Aires. Escribo porque aprendí y no en Caseros sino leyendo, como cualquiera, en las casas de estudio que el Estado banca. La universidad de la calle no existe.

–Sin embargo, y esto no es una crítica sino una observación, a usted se lo asocia con cierto anacronismo de códigos de otra época.

–No siento que mis códigos o mis maneras tengan algo de anacrónico. Lo único que admito es que no me gusta la música que se escribe ahora. No creo hacer nada anacrónico, ni me visto anacrónicamente, ni voy al Tortoni ni a Las Violetas ni me importan un belín los homenajes y aniversarios.

–En la novela que escribe y en el diálogo nocturno con la almohada, ¿cuáles son hoy sus temas recurrentes?

–Tanto en la almohada como en la novela figuran dos o tres ideas que se recitan rápidamente: nadie sabe quién es, al universo le da lo mismo cualquier cosa, y la percepción es tan borrosa que es difícil conocer a alguien. En la novela aparece mucha niebla y, por lo tanto, mucha equivocación. El amor tampoco garantiza el conocimiento. Pirandello es el autor de esta idea, el de la imposibilidad de conocerse. Los años tampoco ayudan ni dan sabiduría per se. Hay muchos viejos que siguen siendo idiotas. Los años traen aprendizaje si hubo persistencia en un ejercicio, como tocar el piano. Pero el paso del tiempo siempre es una cagada; yo preferiría ser joven y no viejo. Pero además, el tema es que uno se va a morir sin saber mucho, sin saber quién es quién ni para qué, ni siquiera lo que recordamos es muy preciso.

–¿Escribir es encontrar un sentido?

–Claro, ¿para qué otra cosa escribimos? Aunque sea un sentido artístico. El único sentido que tiene la vida es el amor, que es la razón de nuestra supervivencia, y el conocimiento. Ésas son las buenas noticias: a lo mejor existimos para cantar una milonga, para contar un cuento, para dar un beso, para aprender algo.


De Sandro, Mercedes y Suma Paz

Sobre las razones acerca de por qué algunas figuras mutan su estatus de valoración social con el tiempo o la muerte, Dolina dice que “habría que diferenciar entre el interés antropológico y el artístico”. Pero, concretamente en referencia a Sandro, opina de manera favorable: “Soy de los poquitos que decían que cantaba mejor de lo que antes se decía, cuando se burlaban, porque creo que afinaba muy bien, tenía recursos expresivos muy eficaces y era un compositor bastante aceptable. Y pensaba eso cuando estaba vivo y saludable. Participó en mi disco Lo que me costó el amor de Laura y le estoy muy agradecido. Claro que la muerte siempre sobredimensiona. Pasó con Sandro y hasta con Mercedes Sosa, una artista importantísima desde siempre. Pero debo decir que el año pasado también se murió Suma Paz, una cantante y poeta con méritos por lo menos iguales a los de estas dos figuras que mencionamos, y en el velorio estábamos su familia y yo. Así que también depende del camino que ha elegido cada uno para morirse”.

Una miniserie con Campanella

Recordando el show de Alejandro Molina es el título del falso documental que Dolina, sus dos hijos (Ale y Martín) y el cineasta Juan José Campanella preparan para el canal Encuentro, en trece capítulos de 25 minutos cada uno. “Estamos escribiendo esta especie de miniserie en la que recordaremos a un artista y un show que no existieron nunca, en el que habrá charlas, canciones, todo fragmentado, en parte con lo que se supone era aquel programa y, por otra, una falsa historia con testimonios y pedazos de falsas películas. Tendrá un final, con su triunfo, con alguien que lo traiciona, con una mujer que lo abandona y la desaparición de este tipo que se fue y no se sabe adónde”, cuenta Dolina, que será el actor protagonista y a quien acompañarán probablemente Gillespi como el presentador y Sily como el mánager traidor, además de muchos músicos y figuras invitadas.

Además de la radio, la novela y la tele, otro de sus proyectos para este año es montar un espectáculo teatral y musical: “Algo parecido al programa de radio, pero con un desarrollo más completo para que se pueda dar en otras salas y cobrar entradas”.

Nota publicada en Crítica de la Argentina el 14 de febrero de 2010


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