24 ene. 2007

Entrevista Dolina ll

Alejandro Dolina: Viaje a las entrañas del infierno

Por: Ignacio Portela, Hugo Montero


Con la excusa de la salida de su último libro, “Bar del Infierno”, aprovechamos para acercarle el grabador al señor Alejandro Dolina, verdadero cazador de fábulas silenciadas por la historia y uno de los escépticos más creyentes que se conozcan. Quién mejor que Dolina, que trabaja desde su literatura con el infierno como escenografía, para conocer un poco más sobre ese lugar del que uno nunca sabe bien cómo va a hacer para zafar.

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"Hemos estado haciendo correcciones al infierno y al paraíso, y quejándonos de las intendencias que no fomentan la aparición de fantasmas, preocupados como están por los semáforos. En eso ha consistido esta charla”, sintetiza el propio Alejandro, una vez que la entrevista con Sudestada comienza a transitar los últimos escalones rumbo al final. Antes, durante una charla que se hizo extensa y cordial con el paso del tiempo, el autor de “Bar del infierno” se dispuso a guiarnos a través de un viaje imaginario único: una visita al mismísimo infierno. Desde condenados eternos que se acostumbran, tarde o temprano, al padecimiento hasta diablos burócratas tapados por el papelerío, pasando por los imperfectos organismos que regulan el ingreso a los territorios de Belcebú, nos dejamos llevar por la voz de Alejandro, aquella que desde hace dos décadas viene dejando su huella en la radio, la misma que uno puede buscar si es que desea fervorosamente conocer los murmullos que invaden los pasillos infernales.
¿Por qué el infierno como un territorio al que siempre regresás desde tu obra?
Es verdad, es una obsesión constante. El infierno parece un lugar inconcebible y sin embargo es alegoría y metáfora de muchos otros lugares y de muchos otros estados. De manera que siendo la desdicha una cosa tan común es también, como me parece a mí, el elemento esencial del universo. El universo es un lugar desdichado en el que uno tiene apetitos que no habrá de saciar nunca, que tiene esas faltas que no habrán de remediarse, extrañas personas que ya no volverán... El universo es trágico. De manera entonces que el infierno como exageración de la tragedia, como ápice de la desventura, viene a ser un territorio interesante para mostrar aumentadas las tragedias de la vida. A mí me ha tentado mucho el infierno, y si a eso le agregamos la circunstancia de su eternidad, ahí creo que estamos construyendo un territorio de ideas interesantes y difíciles de resolver.
Es difícil pensar cómo funciona la mente del condenado. El condenado que no puede tener esperanza. Nosotros vivimos en una especie de infierno, pero un infierno imperfecto porque todos tenemos esperanzas. A pesar de las muchas desdichas, a pesar de la sucesión casi inalterada de sucesos infaustos, aún podemos perseverar en la esperanza, aún podemos hasta creer que hay otra vida y, hasta que hay una recompensa. Pero en el infierno no se puede creer en eso. ¿Cómo funciona la psique de un individuo que ya ni siquiera tiene la posibilidad de esperanzas engañosas? Ese es un territorio interesante. Aparece también la tentación de la metáfora del sufriente como constructor de su propio infierno. Y todos esos son desafíos difíciles de cumplir, en algún caso, porque han sido ejercidos con anterioridad mil veces en la literatura y algunas veces de un modo que parecía definitivo, como en el caso del Dante. Y aparte de todas estas consideraciones, que tienen más que ver con la defensa de ese tema, está la obsesión del escritor. Yo creo en eso, y creo que hay que hacerle caso a esas obsesiones. Cuando uno está perseguido por asuntos tales como la muerte, como el amor, como el infierno en este caso, como el misterio del arte, yo creo que hay que insistir en ello. Prefiero escritores que insisten en algunos temas que son recurrentes en sus obsesiones, que no aquellos que parecen siempre prontos para escribir sobre cualquier asunto, que más bien le da lo mismo. Es tal la forma preferida de los escritores de best-sellers americanos: el que hoy escribe sobre hoteles, mañana lo hace sobre fabricantes de autos y pasado sobre aviones. A mí me interesan bastante menos los hoteles, los aviones y los automóviles que la muerte y el infierno.
Pese a lo trágico que puede resultar el infierno, no resulta tan extraño imaginarse que dentro de tanta tristeza pueda surgir un poco de felicidad...
Es que la felicidad puede ser triste. Algunas dichas que nosotros tenemos son ásperas. Leer “Crimen y castigo” es algo venturoso, es deseable que a uno le pase eso, y sin embargo no podemos decir que sea algo alegre. Más bien, uno queda bastante consternado. Creo que hay que seguir a Nietzsche en este caso, que en “El nacimiento de la tragedia” decía que los griegos, que eran el pueblo más admirado de la historia, más bello y que había sido capaz de creaciones admirables, era justo el que había inventado la tragedia, el que había aprendido a solazarse en estas cosas tremendas. Y decía que era propio de los pueblos fuertes el tener visiones pesimistas del universo, que justamente eran los pueblos débiles los que necesitaban una explicación feliz del universo, que necesitaban una cosmología esperanza, otra vida, una recompensa paradisíaca. Nietzsche decía que los pueblos fuertes eran capaces de solazarse en cosas tales como el parricidio, por ejemplo, o esas cosas que amaban los griegos. Así que eso de las felicidades tristes es también un asunto consagrado clásicamente que yo me he atrevido a intentar abordar humildemente.
¿No es contradictorio que más allá de un infierno como el peor lugar, exista la certeza de que allí no es posible que pueda pasar algo peor?
Claro, una de las cosas que uno puede encontrar cuando se indaga en la psique del condenado es esa. Primero uno piensa que al cabo de un tiempo, que pueden ser mil años (después de todo, tenemos toda la eternidad) el tipo se empieza a acostumbrar. De algún modo empieza a acostumbrarse y ciertas torturas se le hacen familiares. Y lo otro es eso: si estamos en el infierno ya no hay amenaza posible. El que está en el infierno no puede recibir amenazas, no hay amenazas para el condenado. ¿Qué otra cosa peor le puede pasar? Así que cualquier novedad es buena: no hay malas noticias en el infierno. El condenado ha llegado a ese lugar inconcebible que es el fondo del sufrimiento. Así que es otra curiosidad. El tipo en el infierno no tiene miedo, salvo que sea un infierno tan refinado que permita la esperanza, que permita un desarrollo del sufrimiento. Yo creo que hay un cuento de Villier de l’Isle-Adam que se llama “La esperanza” y que es la historia de un condenado, de un prisionero de la Inquisición, y el cuento narra una fuga. El prisionero ve abierta la puerta de su celda, huye, gana un bosquecito, ya piensa que tiene asegurada la libertad y, de golpe, surge un monje, que era su confesor, y un grupo de personas que lo reducen. El confesor lo abraza y le dice: “Has padecido todos los tormentos menos uno: el de la esperanza”. Así que a lo mejor el infierno no es tan elemental como yo supongo, y hay formas de sufrimiento que no llegan nunca a su punto cúlmine precisamente para permitir un continuo desarrollo del sufrimiento. Y para permitir que el sufrimiento pueda estirarse hacia el futuro. Esta idea tiene un costado interesante: tanto el sufrimiento como el placer, como el goce, solamente funcionan si se logran proyectar hacia el futuro. De hecho, nuestro propio cuerpo vive el placer inclinándose hacia el futuro. El cuerpo se prepara para el goce amoroso, uno piensa en el futuro y la víspera ya es el goce. La persecución de la cosa ya es la cosa, como decía Montaigne. Y a lo mejor, en el sufrimiento también es así. Nos hace sufrir más lo que prevemos que lo que estamos padeciendo, es más terrible la proyección hacia el futuro que el propio presente. Por eso es que el infierno, para ser perfecto, debe modificar esa idea de lo estático, de lo que está instalado, de lo que es eterno y, por lo tanto, no sujeto a mutación. No sujeto al tiempo: lo que es eterno está siempre, es todo presente. Y a veces, para sufrir o para gozar, se necesita la ausencia de algo que está por llegar.
Y lo eterno genera inacción...
Lo eterno genera inacción. Lo eterno es lo contrario de la vida, lo eterno es el pasado y el futuro instalados en el presente. Esa es la verdadera eternidad, no la perpetuidad, que es otra cosa. La eternidad tiene poco de humano y es muy raro. Ese mundo eterno, ese topos uranos de Platón es difícil de imaginar. Un lugar donde no hay verde, por ejemplo, porque todo tiene que ser puro, entonces las mezclas no resultan. Me parece que pensar la vida humana en términos de eternidad es casi imposible. Es imposible. Así que yo voy a mandar un despacho a las autoridades infernales para que abandonen ese carácter eterno, estático, que seguramente lo hace imperfecto.
La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°39.

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